Tío Jacinto

Memoria y recuerdos de tiempos pasados verdaderos, de personas y hechos que vienen a la mente y hay que convertir en letras para que otros puedan leer y, con ello, recordar también. Memoria y recuerdos que nos alegran la vida, a veces tan penosa. Memoria y recuerdos que nos hacen reir.

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Qué difícil resulta parecer ocupado cuando se tiene poco o nada que hacer o, simplemente, pocas ganas de hacerlo. No hacer nada, nada de nada de nada, resulta una habilidad al alcance de muy pocos. La mayoría se siente acuciada por la imperiosa necesidad del movimiento, de la ocupación, aun cuando resulten perfectamente fútiles. Hay que estar verdaderamente dotado –como dicen ahora algunos papanatas, tener la cabeza muy bien amueblada- para conocer el placer de no hacer nada y disfrutar de ello sin complejo ni culpa. Mi tío Jacinto había dedicado su vida a perfeccionar lo que, en su caso, era ya arte. Cuánto más ensimismado estaba en la completa nada mayor era la expresión de concentración de su rostro, de su entera figura, mayor la apariencia de dedicación a algo complejo y elevado. A otros se les pone cara de tontos. Mi tío no fiaba nada a la inteligencia, aunque la tenía. Creía más en el desarrollo y cultivo de un oficio, incluso si éste consistía, precisamente, en no ejercer ninguno, y si algo le molestaba sobremanera era la adulación. Nunca cayó en ella. Aprendió a mantener un dificilísimo equilibrio entre no hacer nada y parecer estar dedicado a la más laboriosa introspección. Gozaba de general admiración. A mí me enteró sin ambages de su juego, me quería, pero sólo cuando pudo vivir de la herencia de su longeva madre, no antes.

Si compaginar la ocupación de todas las potencias del alma en la más absoluta nada, disfrutando de ese vacío, y parecer a la sazón feliz y enteramente atareado es, como digo, un talento que pocos poseen, ganarse la vida al tiempo, entra en la categoría de lo sobrehumano. Algo de sobrehumano tenía tío Jacinto, tan silente, tan angelical.

¡Cómo me acuerdo de él en estos momentos! Claro que yo no he llegado a su altura, a su refinada perfección y mucho menos a su inteligencia. ¡Qué duro ha sido el camino iniciático que he debido seguir sólo para acercarme al maestro!

Los no adornados con la sabiduría de tío Jacinto sólo sabemos disimular el no hacer nada. Solemos identificar con una tara, bien sea circunstancial, de nuestra personalidad. La culpa nos inclina a fingir ocupación, las más de las veces, burdamente. En ocasiones, aun cuando algunos, ya avisados, queremos desarrollar el sublime arte de tío Jacinto y no sentimos culpa alguna, nos vemos precisados, por la necesidad e inexperiencia, de practicar el arte menor de “fingir negocio” como lo definió magistralmente el Teniente Coronel Pérez de Pobil, oficio tanto más agotador cuánto menor es la habilidad del fingidor para dar adecuada cobertura a su impostura.

Pérez de Pobil detectaba a los mediocres a la legua. Me enseñó a descubrir signos inconfundibles que delatan a los fingidores menos dotados.

Fíjate en López de Obrador –me señalaba- ahí viene por el pasillo con prisa con un cuaderno y un boli BIC en la diestra. Te saludará sólo con un gesto ligero, no tiene tiempo para más.

Lo clavaba. No tardé mucho en comprobar que López de Obrador, a pesar de su fulgurante carrera militar, era un tonto de capirote, un completo incapaz, además de un hijo puta. La verdad es que no engañaba a nadie.

Poco a poco, de la mano de Pérez de Pobil, me hice un completo experto. Puig iba siempre sin la americana, suelto el nudo de la corbata y remangados los puños de la camisa, la viva imagen del oficinista que no se permite un descanso. Creo que lo aprendió en un destino anterior en Cataluña. Nunca hizo nada de utilidad y los cercos de sudor seco y rancio de sus axilas delataban tanto su deficiente higiene personal como su falta de sentido de la estética, vamos, un patán. Navarro, de perfecta visión, portaba constantemente colgadas unas gafitas de lectura como quién, pese a su juventud, ha quemado su vista en jornadas maratonianas de estudio y trabajo. Debo reconocer que las lentes le daban cierto aire de intelectual. Lo de la mesa abarrotada de papeles de Reverte era de parvulario, no se molestaba ni en cambiarlos. Siempre fue un descuidado. El liadísimo con el que respondía invariablemente Albiol a cualquier muestra de educado interés, con expresión de preocupación, de angustia, incluso de cierta enajenación, evidenciaba la completa infertilidad de su roma inteligencia.

Luego estaba el quedarse en la cafetería hasta las tantas comentando la jornada. Dejarse ver a esas horas en lugar de salir a escape de allí era el summum de la dedicación y entrega.

A Pérez de Pobil y a mí nos bastaba cruzar un simple gesto de entendimiento ante estas y tantas otras triquiñuelas de aprendiz. Nos divertía tanto como nos indignaba el maltrato que daban al oficio que habíamos decidido irrevocablemente seguir.

¡Ay! Mi juventud y la chulería que le es propia me hicieron despreciar los peligros de mi empeño, algo mesiánico, en desenmascararlos. ¡Nos descojonábamos Pérez de Pobil y yo! Mi tío Jacinto también se descojonaba, pero menos. Los menospreciaba por denigrar con su inexperiencia y desidia la habilidad que él había sublimado, pero a la vez me  aconsejaba una prudencia que se esfumaba ante la compañía del divertidísimo Pérez de Póbil.

¡Cuánto daño me hizo leer de niño el cuento El traje nuevo del emperador, del funesto Andersen, y mi consiguiente admiración por el imprudente niño que señalaba la desnudez de su Serenísima, la burda impostura! No por casualidad aquel organismo, cuya identidad ocultaré por la prudencia que he aprendido a palos, albergaba tal cúmulo de fingidores chapuceros. Perez de Pobil y yo mismo no tardamos en descubrir que, a pesar la estupidez y torpeza de la mayoría de ellos, habían entendido que estábamos viviendo el referido cuento, cuyo final no fue, como debiera, que todos, unos por valentía, otros por desprecio de su memez, incluso algunos, como nosotros, por pura diversión, dejaran de engañarse y de engañar sobre su completa inutilidad, sino nuestro sorpresivo despido –sorpresivo sólo para mí, he de decirlo-  junto con Pérez de Pobil que no necesitaba de un sueldo para vivir. Yo sí. El sólo perdió el magnífico caladero en que aquel organismo se había convertido. Ya lo advertía tío Jacinto: el Diablo cuando se aburre mata moscas con el rabo y Pérez de Pobil siempre tenía el suyo en brega.

Como he advertido con inmodestia, no soy del todo sandio, por lo que aquella dura experiencia me hizo más bien que mal, como a continuación se verá.

Nuevamente me enfrentaba a la siempre desagradable necesidad de perderme la vida para lograr sustento, para lo que, dicho sea de paso, no carecía de alguna preparación. Pero no fue ésta la que me ayudó entonces, como mi madre contaba, orgullosa, a nuestras amistades, sino algún favorcillo que le debían a mi padre en otro Ministerio del que también ocultaré el nombre, o al menos el nombre completo, pues no quiero dejar de dar la pista de que llevaba el sustantivo social en su denominación.

Al poco, estaba ya tan contento con mi nuevo empleo. Sólo añoraba aquellos buenos ratos con Pérez de Pobil al que nunca dejé de recordar con afecto. Todavía sonrío al recordarle golpeándose ligeramente con el índice una aleta de su aristocrática nariz señalándome algún nuevo descubrimiento. Dicen que la distancia es el olvido, pero no es cierto.

El Ministerio era una verdadera colmena de impostores de toda laya. No he visto cosa igual. Un organismo mastodóntico dedicado a algo tan poco social como que varios miles de fingidores, la mayoría simples y burdos aficionados, viviéramos del cuento, esto es, del cuento antes citado del maestro Andersen. Pronto destaqué entre el prolijo enjambre de hijos y parientes de parientes y amigos. Fueron sorprendentes los resultados de mis enseñanzas previas y mi natural inclinación a hacer las cosas bien.

Utilicé cuantos trucos tenía vistos y otros más de mi invención, llegando, no sin algún tropiezo, a depurar bastante alguno de ellos, como el de mantener un ademán estatuario en las habituales reuniones de trabajo, sólo abandonado finalmente para decir alguna sandez como “resulta evidente que la complejidad del asunto que nos ocupa nos debe hacer alejar toda tentación de adoptar una solución precipitada o poco meditada”. Tenía más de quince formas distintas de decir lo mismo. Nadie ha tenido nunca, en ninguna circunstancia, el valor de contradecirme, y tan lapidaria terminación genera, además, la extraordinaria ventaja de provocar nuevas reuniones en las que volver a poner una expresión de inteligente concentración durante horas. Resulta sorprendentemente sencillo que cualquier imbécil debidamente iniciado en estos conocimientos pase por un hombre reflexivo y hasta sesudo. Y cuanto más alta es la magistratura de los reunidos más eficaz resulta la impostura. Da miedo.

El entrenamiento y la disciplina me han permitido disfrutar horrores de esos momentos en los que puedo tener la mente en blanco durante horas, sin hacer nada de nada, sólo ser, ni siquiera estar. Es delicioso. Sólo me incomoda el memo de turno que comenta, con una complicidad que nunca he sentido, lo bien que ha ido la reunión. Siempre te queda la duda de si es un completo majadero o es un aprendiz de “fingidor”. Posiblemente ambas cosas. ¡Cómo entiendo el odio que mi tío Jacinto sentía por la adulación! Es sin duda el estadio más bajo, elemental, primario y vil del fingimiento. No llego, como he dicho, al genio de tío Jacinto pero nunca he caído tan bajo.

Alcanzados puestos de relativa confianza en dicho Ministerio, no tardaron en llegar ascensos en otros organismos de la Administración. Mi fama de hombre reflexivo, prudente, de los que sabe mantener la calma en momentos de tensión, me fue proporcionando nuevos destinos de la máxima responsabilidad y el mínimo trabajo, y sin tener que pasar, como otros, por la humillante experiencia de afiliarse a un partido y trepar en él como por una enredadera de espino.

Así fueron pasando plácidamente mis días y, tras un par de legislaturas en un parlamento regional –lugar perfecto, sin llegar al nivel del Congreso o el Senado o, mejor, del Parlamento Europeo- para culminar, ya sin disimulo alguno, una brillante carrera de “fingidor”-, y con la vejez magníficamente asegurada, soy actualmente miembro del consejo de administración de un importante grupo cotizado, del que guardaré también prudente reserva. La verdad, no pienso jubilarme.

Tío Jacinto estaría verdaderamente orgulloso de mí.

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